miércoles, 25 de octubre de 2017

El secreto de la felicidad…

Ya tengo mis años en estas andanzas, me quedan dos años para alcanzar mi 40va primavera (aunque también he tenido inviernos), son casi 17 años de vida profesional, y desde que comencé este camino he tenido claro una cosa que, muy honestamente y sin tratar de engarme a mismo (más de una vez me he sorprendido tratando de engañarme), ha logrado mantenerme feliz: Hago lo que me gusta hacer, simple y llanamente.

Desde muy temprana edad, en la época de chiquillo de escuela, conocí las computadoras. Aquellos cajones con letras en verde chillón o ámbar en fondo negro, me cautivaron, me enamoraron. Unos cursos gratuitos de Logo y Logowriter que vinieron a ofrecer del Liceo León Cortés Castro (Grecia) a mi escuela rural de distrito, fueron el disparo de salida para sumergirme en lo que iba a ser el resto de mi vida…

Había que ir y venir en autobus, en tiempo fuera de horario escolar. Para un niño sumamente tímido y retraído aquello era todo un reto, casi una hazaña;  pero ver moverse aquella tortuguita digital formando figuras a partir de los comandos que yo creaba, bien valían la pena: era feliz.

Computadora no había en casa, con mucho costo había un televisor a blanco y negro y un atún para repartir entre cinco más algo de arroz y frijoles. En esa época era impensable contar con una. Pero yo sabía que, tarde o temprano, yo me iba a dedicar a trabajar con computadoras sí o sí.

Un amigo, de más musculo económico, adquirió una. Aquella era una maravilla, no solo tenía verde, sino hasta 8 colores ¡8 colores! No existía nada en el mundo mejor que jugar Test Drive. Pasaba cada vez que podía, y, aunque los turnos para usarla eran largos, yo era feliz.

Llegué al colegio, al mismo liceo de los cursos, y salvo un brevísimo periodo de coqueteo con la biología (en parte por culpa de una joven y bonita profesora sustituta) mi ruta era clara, estar cerca del laboratorio de informática y  llevar computación como materia técnica. Me gustaba aprender, no únicamente de computadoras, y mientras aprendía era feliz.

Llegué a la universidad decido a estudiar informática, aunque no tuviera “machete”. Pero mi padre y madre, quiénes con mucho esfuerzo habían logrado hacerse de un lotecito, lo sacrificaron para comprarme mi primer computadora. Jamás nunca podré pagarles ni agradecerles lo suficiente.

Aún recuerdo las palabras de recibimiento de la directora de carrera, quien, además, impartía el curso de lógica: “Aquí no vienen a aprender a digitar, ni a usar ni paquetes ofimáticos, aquí van a aprender a programar una computadora”. Éxtasis…

Todos los cursos de programación los pasé con muy buenas notas, mas no todo fue fácil, muy a mi pesar también repetí un par de cursos. Pero no importaba, estar ahí y saber cómo funciona un programa, como decirle a una computadora que hacer en PASCAL o en FOX-DOS, era simplemente demasiado bueno para ser cierto. Era muy feliz.

Al final de la carrera universitaria las oscuras garras de la duda intentaron sujetar mi voluntad. ¿Y si no consigo trabajo? ¿Y si no es cómo lo imagino? ¿Y si no cumplo las expectativas? ¿Y si no gano lo suficiente? Y muchas otras preguntas asaltaban mi cabeza, algunas eran dudas razonables otras eran estúpidos miedos queriendo convertirse en excusas para tomar pésimas decisiones.

Al final, posterior a una práctica empresarial que me dejó un mal sabor, aunque fue experiencia al fin y al cabo, y luego de una única entrevista de trabajo, en Julio de 2001 llegué a mi segunda casa, a mi segundo hogar. ¡Y nada era como lo imaginaba! Todo es más difícil y excepcionalmente gratificante.

Desde entonces he programado casi siempre, algunas veces con más otras con menos responsabilidades, con muchos colegas al mismo tiempo o autogestionándome completamente solo y, aunque también se hacen muchas otras tareas de la forma más profesional posible como reuniones con clientes, levantamiento de requisitos, diseño, documentación, manuales, ayuda, aspectos gráficos, presentaciones de productos, etc… para mí lo importante es que tarde o temprano termino programando y eso me hace feliz.

Aunque he tenido y sé que habrá días en que hubiera sido mejor no salir de la cama (porque para todos existen esos días) y que habrá problemas que solucionar y situaciones difíciles que enfrentar, laborales y personales. El secreto para ser feliz la mayor parte de mi existencia ha consistido y consiste aún, en haber encontrado lo que realmente me gusta (afortunadamente muy temprano) y haber tomado la decisión de dedicarme a eso como forma de vida. Hacer lo que me gusta, dedicarme a lo me gusta es mi secreto para ser feliz.


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